
Cuerpos sin patrones.
Más allá de la aceptación y del orgullo gordo.
Por Laura Contrera
Habla de lo que sabes.
Alejandra Pizarnik- Extracción de la piedra de locura
¿Mi cuerpo será siempre una fuente de dolor? No, no, no.
Bikini Kill- I like fucking
Los cuerpos deben ser todavía aprehendidos como algo que se entrega para ser cuidado.
Judith Butler
Tras la publicación de “Algunas chicas somos más grandes que otras”[1] me han hecho notar que a la hora del insulto y de la estigmatización, las chicas nos llevamos casi siempre la peor parte[2]. Por más que el padre del marxismo Engels se refiriera al “obeso cuerpo” de Bakunin para descalificar los embates del anarquista, pareciera que a estas alturas muchxs admiramos o deploramos a Bakunin por sus ideas y no por su cuerpo gordo. No es que adhiera a la división binaria y tajante a la que nos somete el sistema obligatorio de reparto del género, pero a partir de esta observación y del sentimiento subsecuente (Bakunin puede ser gordo pero yo no e independientemente de mi talla o peso siempre quedará el temor de ser nombrada “gorda pelotuda” otra vez) quiero detenerme a pensar un momento en algunas situaciones que se dan en espacios –físicos o virtuales- atravesados por los feminismos, transfeminismos y demás ismos amigables.
Más que una reivindicación de las redondeces –que existe, por cierto-, lo que intento aquí es pensar/preguntarme por la necesidad de cuerpos-patrones, mensura y mesura que nos producen constantemente como corporalidades menos aptas o indeseables incluso. Y que, como me han señalado, no es ajena a las asignaciones genéricas, incluso en ambientes donde se discuten estas ficciones naturalizadas. Voy a volver a servirme de mi propia experiencia y de la experiencia de amigxs y aliadxs para trazar un recorrido que, aunque doloroso en algún aspecto, tiene la aspiración de hacer suya la inspirada letra de Bikini Kill que funciona como epígrafe.
En muchos espacios afines encontramos una suerte de lema no escrito que dice algo así como: somos feministas, transfeministas, anarquistas, queer o lo que sea, pero no queremos saber sobre el dolor o la vergüenza que te provoca tu cuerpo (tu cuerpo gordo, gordo y puto o gordo y lesbiano, gordo y femme, gordo y negro, gordo y pobre, gordo y migrante, gordo y trans, gordo e intersexuado, gordo e infantilizado). Hacé algo con ello, pero no lo comentes. Empezá por aceptarte a vos mismx. Y no lo traigas más a cuento por acá, que es un tema superado por el feminismo de la segunda ola y lo que ahora nos convoca es tal o cual otra cosa.
Que todavía sea un problema plantear la vergüenza de mostrar nuestro propio cuerpo (por sentirnos estigmatizadxs a causa de su voluminosidad o aún peor, por la invisibilización a la que nos condena la gordura) y que esto ocurra en espacios de afinidad nos debería llamar la atención, mínimamente. Tal vez haya en esto algo del problema tan bien planteado por Judith Butler y otrxs de la política “no preguntes, no cuentes”[3]. Como si salir del closet de la gordura afirmándonos gordxs fuera algo de lo que no se quiere saber. Tal vez porque este anuncio perturba el statu quo (Kosofsky Sedgwick-Moon, Tendencies, 1993), donde lxs que observan, juzgan, critican y dictaminan siempre saben algo más que unx. Aunque ese algo no sea más que sus propias fantasías y ansiedades sociales proyectadas sobre lo que se supone lindx, deseable, saludable y normal.
Ahora bien, las proyecciones de fantasías e idealizaciones normativas sobre los cuerpos en esta sociedad heterocentrada son combatidas activamente por muchxs de nosotrxs colectivamente, no como un problema individual. Por eso me atrevo a afirmar que la percepción social de la gordura y su calificación negativa no pueden quedar reducidas a una persona y su intimidad. La imagen que se me viene a la cabeza es la de unx femnista o transfeminista a solas con su cuerpo y su dolor. Y es muy inquietante.
En el mundo angloparlante hay mucha producción teórica y un activismo sólido en torno a las identidades gordas, la aceptación, el reconocimiento y el orgullo gordo. Una autora pionera argumenta que una “identidad gorda” está abierta a la auto-parodias, al auto-criticismo y a exhibiciones hiperbólicas de lo natural, tal como Judith Butler lo planteó en El género en disputa respecto de la identidad de género (LeBesco, Kathleen: Queering fat bodies/politics, 2001). Más allá de las críticas o alabanzas que nos merezcan estos planteos en nuestro contexto regional, creo que ya va siendo hora de intentar una reflexión conjunta sobre los insultos, las miradas, las hipervisibilizaciones e invisibilizaciones o las identidades que se configuran a partir de todo tipo de idealizaciones normativas y ficciones regulatorias de lo corporal, gordura incluida.
Pienso que el “acéptate” o “quiérete” que nos espetan en la cara son imperativos insuficientes. Condena a la esfera individual algo que tiene que ser un problema político para un nosotrxs que se pretende amplio y diverso. Porque, nos guste o no, gordx no es un adjetivo calificativo más. Estas cinco letras resumen, en nuestras sociedades, toda una serie de suposiciones sobre la persona así calificada (sobre su estado de salud, su voluntad, su frustración, su auto-percepción, sus apetencias, etc.). Ser gordx no es sólo un problema particular. Ser gordx y que eso nos avergüence de diferentes maneras no es una tara personal a ser superada en soledad. Porque la vergüenza es siempre una forma de comunicación con otrxs. Comunicación fallida a veces. Y por cierto más dolorosa cuando se produce entre pares, afines o aliadxs.
Lo que me preocupa entonces va más allá que la cantinela de la auto-aceptación o incluso del orgullo de ser como somos. Me interesa que podamos trabajar políticamente tanto el insulto descalificador que proviene del odio como el calificativo pretendidamente neutro, objetivo y descriptivo (gordx en ambos casos).Y, sobre todo, trabajar la vergüenza que conlleva ser denominadx con esa palabra como afecto políticamente eficaz. Porque, ¿acaso hace falta que seamos todxs actual o potencialmente gordxs para interesarnos en esta discusión? ¿Es eso lo que nos convoca a leer estas líneas? ¿Acaso necesitamos ser todxs travestis, intersex, lesbianas o migrantes para implicarnos en políticas activas que se opongan al odio y a la discriminación? Tal vez, como decía Eve Kosoksky-Sedgwick, “al menos para cierta gente (queer), la vergüenza es simplemente el primer, y permanece permanente, hecho estructurante de la identidad” (Performatividad queer, 1993.). Quizá ese sea un piso firme desde donde empezar a entendernos. De lo contrario, quedaremos inermes ante la dictadura de los patrones corporales. Y me pregunto: ¿qué rebeliones somáticas podemos intentar si aún no podemos plantear seriamente la rebelión de los cuerpos sin patrones?
Frente a los patrones de medidas, volúmenes, deseos, belleza, salud y potencia no podemos permanecer indiferentes. Si Preciado está en lo cierto cuando imagina para este siglo una revolución somática de cara a los sistemas policiales de género, sexo, sexualidad, raza y normalidad corporal prevalecientes, debemos rechazar todas las ficciones regulatorias. Como en los ’90 soñaron las políticas queer, o entrado este milenio los transfeminismos, pretendemos desmantelar todo lo que esté a nuestro alcance. Porque no queremos que nuestros cuerpos sean fuentes de dolor. Queremos entregarnos como algo que será cuidado por nuestras amigxs y aliadxs. Queremos post-porno en todos los talles y cuerpos de todas las dimensiones en todos los roles posibles e imposibles. Queremos que nuestra y vuestra vergüenza nos una afectuosamente en vez de separarnos en deseables e indeseables. Queremos sacarnos las camisetas en fiestas y recitales –o donde sea- sin temor a las miradas. Queremos algo más que el orgullo gordo. Queremos cuerpos sin patrones. Como canta Bikini Kill, necesitamos acciones y estrategias. Y yo creo en las posibilidades radicales del placer que nace justo donde la vergüenza deja de ser un impedimento para convertirse en eso que nos desata de todo gobierno y de toda medida.
Buenos Aires, 20 de marzo de 2012.
[1] Con una amiga hicimos una vez el recuento de los insultos hirientes que nos habían espetado a lo largo de nuestras vidas. “Gorda” era el que más me había dolido. Poco después esa misma persona usó esa palabra para descalificarme. Pero “las palabras mismas que tratan de herir pueden igualmente errar su blanco y producir un efecto contrario al deseado” (Judith Butler, Lenguaje, poder e identidad, 2004). Precisamente eso sucedió con el insulto, que devino texto: http://gordazine.tumblr.com/post/19201507870/somegirls
[2] Agradezco desde el comienzo las lecturas animosas de ese texto por parte de muchas personas. En especial agradezco la primera observación a Diana J. Torres (chequeen su trabajo en http://pornoterrorismo.com/). Y a mi amiga Lucrecia Masson, aguerrida activista que planteó estas preocupaciones personales/políticas en distintos espacios y me comentó las respuestas y reacciones obtenidas, le agradezco la inquietud por tratar este tema. Dedicado entonces a Lucre, por tantas conversaciones y cervezas.
[3] Me refiero a la política adoptada en las FF.AA. norteamericanas que impedía a las personas homosexuales tanto ser interrogadas sobre su sexualidad como hablar libremente sobre ésta.